La meditación sencilla

Aquí entendemos por meditación algo muy básico y simple, que no está ligado a ninguna cultura. Estamos hablando de un acto muy fundamental: de sentarse en el suelo, tomar una buena postura y llegar a tener la sensación de su lugar, de su propio sitio en esta tierra.

Es el medio de redescubrirnos a nosotros mismos y de redescubrir nuestra bondad fundamental, el medio de armonizar con la realidad auténtica, sin expectativa ni idea preconcebida alguna.

A veces se usa la meditación para referirse a la contemplación de un tema o de un objeto determinado: se habla de meditar sobre tal o cual cosa: al meditar sobre una cuestión o un problema, podremos hallarle solución.

Otras veces, la meditación se practica también para lograr un estado mental superior, entrando en algún tipo de trance o estado de absorción. Pero aquí hablamos de un concepto de meditación completamente diferente: la meditación incondicional, que no tiene en mente ni idea ni objeto alguno.

En este caso, la meditación consiste simplemente en entrenar nuestro estado de ser para que mente y cuerpo puedan estar sincronizados.

Mediante la práctica de la meditación podemos aprender a ser sin engaño ni fraude, a ser totalmente auténticos y a estar totalmente vivos. Nuestra vida es un viaje sin término; es una amplia autopista que se extiende infinitamente en la distancia. La práctica de la meditación nos permite percibir todas las texturas del camino, y en eso consiste el viaje.

Mediante la práctica de la meditación empezamos a descubrir que no hay absolutamente nada en nosotros que sea una queja fundamental contra nada ni nadie. La práctica de la meditación se inicia sentándose y cruzando las piernas a lo sastre.

Uno empieza a sentir que el estar simplemente en el instante presente, su vida se vuelve maleable y puede incluso llegar a ser algo maravilloso. Descubre que puede meditar como un rey o una reina sentado en un trono. La majestad de esta situación le revela la dignidad que se da cuando se permanece tranquilo en un estado de simplicidad.

La importancia de la postura. En la práctica de la meditación, la postura erguida es sumamente importante. Tener la espalda erguida no es una postura artificial; es lo natural en el cuerpo humano. Lo no habitual es encorvarse y desplomarse.

Cuando uno se encorva no puede respirar bien, y una postura desgarbada es también signo de estar cediendo a la neurosis. De manera que al sentarse erguido uno está proclamando para sí y para el resto del mundo que va a ser un guerrero, un ser íntegramente humano.

Para mantener la espalda erguida no es preciso forzarse levantando los hombros; la posición erguida viene naturalmente al sentarse, simple pero orgullosamente, en el suelo o sobre un cojín de meditación. Entonces, como uno tiene la espalda erguida, no siente ni rastro de timidez ni de vergüenza, y por lo tanto no agacha la cabeza.

Uno no está inclinado ante nada. Por eso, los hombros se enderezan automáticamente y uno empieza a tener la cabeza y los hombros bien plantados.

Entonces puede dejar que sus piernas descansen naturalmente cruzadas a lo sastre; no es necesario que las rodillas toquen el suelo. Uno completa la postura apoyando ligeramente las manos sobre los muslos, con las palmas hacia abajo. Esta posición fortalece la sensación de estar ocupando adecuadamente su lugar.

En esta postura uno no se pone a dejar vagar la mirada al azar. Tiene la sensación de estar adecuadamente ahí; por eso los ojos están abiertos, pero la mirada se dirige ligeramente hacia abajo, quizá a un par de metros por delante de uno. De esa manera, la vista no se pasea de un lado a otro, sino que se tiene aún más la sensación de algo deliberado y definido.

Esta pose majestuosa se puede apreciar en algunas esculturas egipcias y sudamericanas, como también en las estatuas orientales. Es una postura universal, que no se limita a una única cultura ni a un sólo lugar.

Más allá de los pensamientos La práctica de la meditación sentada ofrece un medio ideal para cultivar la renuncia.

En la meditación, mientras trabajamos con la respiración, vemos que todos lo pensamientos que van surgiendo son parte de proceso de pensar y nada más. No nos aferramos a ninguno de ellos.

Consideramos a los pensamientos que surgen durante la práctica de la meditación como hechos naturales, pero al mismo tiempo no gozan de credencial alguna.

La definición básica de “meditación” es “mantener la mente estable”.

Al meditar, si los pensamientos suben, no subimos con ellos; si los pensamientos bajan tampoco bajamos con ellos; simplemente, observamos como suben y bajan los pensamientos.

No importa que sean buenos o malos, interesantes o aburridos, felices o desdichados: los dejamos en paz.

No aceptamos algunos para rechazar otros. Tenemos un sentido del espacio más amplio, que abarca cualquier pensamiento que pueda aparecer.

Dicho de otra manera, en la meditación podemos experimentar una sensación de existir, de ser, que incluye nuestros pensamientos, pero que no está condicionada por ellos ni limitada por el proceso del pensar.

Vivenciamos nuestros pensamientos, los rotulamos “pensamientos” y volvemos a la respiración, a salir, a expandirnos y disolvernos en el espacio.

Es muy simple y muy profundo a la vez. Tenemos la experiencia directa de nuestro mundo y no necesitamos poner límites a esa experiencia.

Podemos estar completamente abiertos, sin nada que defender ni nada que temer. De esa manera, estamos aprendiendo a renunciar al territorio personal y a la estrechez de miras.

A partir del eco de la conciencia meditativa va creciendo una sensación de equilibrio, que es un paso en el camino que nos lleva asumir el mando de nuestro mundo.

Sentimos que estamos bien montados en la silla, que dominamos al arisco caballo de la mente. Aunque el caballo que tenemos debajo se mueva, somos capaces de mantenernos en la silla.

Mientras tengamos una buena postura en la silla, podemos dominar cualquier movimiento brusco e inesperado.

Y cada vez que nos resbalamos por estar mal sentados, simplemente corregimos la postura, sin caernos del caballo.

Extractos del libro “Shambhala. La senda del Guerrero”. (Ed. Kairós)

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Marc Bony,DC